En busca del verso puro es una conferencia que el poeta
dominicano Miguel Contreras ha presentado en distintas oportunidades. En ella,
Miguel aborda algunos factores que considera indispensables para alcanzar la
pureza del verso, mientras cuestiona la libertad del verso libre negando su
existencia.
Durante la conferencia que dictó en la XVI Feria Regional del Libro Bahoruco 2020, Miguel puntualizó: “no creo en la
existencia de tal cosa llamada verso libre. A ver ¿libre de qué?”. Luego,
explicó que “el verso puede ser libre de muchas cosas, pero jamás de la música
y el ritmo. Y es por eso que no creo en la existencia del verso libre como
tal”.
Por otra parte, Miguel afirmó que
“decir que el verso medido limita, demuestra ignorancia y holgazanería”,
sugiriendo así que no existen limitaciones dentro del verso medido.
Bien. En este artículo demostraré que
el verso libre sí existe, sí es libre, y que, además, las limitaciones dentro
del verso medido son reales. De modo que, contrargumentaré los planteamientos
presentados por Miguel en la referida conferencia para cuestionar la libertad
del verso libre y su existencia. Además, partiré de las reflexiones del propio
Miguel para evidenciar las limitaciones del verso medido.
Métrica, rima y ritmo en el verso libre
Antes que todo, es pertinente
establecer una referencia clara sobre la idea de la libertad, puesto que,
cuando se trata del verso libre, esta suele entenderse como una licencia para
que el poeta haga lo que le venga en gana sin consideración alguna. Y no, ese
no es el sentido ni de la libertad ni del versolibrismo.
Las definiciones del concepto de la
libertad son numerosas, por lo que citar algunas sería mostrar preferencia por
aquellas que mejor se ajustan a lo que pretendo demostrar. No obstante, debo puntualizar
que en ninguna de esas definiciones se refiere que la libertad es una condición
que exime de reglas a cualquier persona o cosa. La razón es sencilla: sin
reglas, no hay libertad.
Cuando se cuestiona la libertad del
verso libre, se tiende a cometer el error de asumir que no responde a ningún
sistema de reglas. Sin embargo, la libertad no puede ser sin la existencia de
uno. Las reglas son intrínsecas a la libertad. Para entenderlo, pensemos en un
individuo que decide vivir sin responder a ningún conjunto de reglas existente.
Tendría entonces que vivir bajo la regla de vivir sin reglas. Y todavía podemos
irnos más lejos: todo cuanto existe, existe por que cumple con un conjunto de
reglas. La naturaleza misma no es más que este conjunto de reglas en constante
manifestación: los árboles, los animales, el mar, la tierra, nuestros cuerpos, etcétera,
son posibles gracias al sistema de reglas (o leyes) que garantizan su
permanencia.
Siendo así ¿por qué creer entonces que
decir verso libre, es referirse a un sistema de versificación apartado
de toda ley poética? El verso libre no es ajeno al conjunto de parámetros que
nos permiten identificar un poema como poema.
Dicho todo lo anterior, vayamos al quid
del asunto, a aquellos planteamientos con los que Miguel sustenta su negación
hacia la existencia del verso libre.
Durante el desarrollo de su exposición,
Miguel sostiene tres elementos que, a su juicio, impiden que el verso libre sea
verdaderamente libre. Esto es la presencia de la métrica, la rima y el ritmo.
Pero antes de presentar las
argumentaciones de Miguel en ese sentido, es necesario conocer e interpretar
adecuadamente la definición general del verso libre, pues ella es la columna
vertebral de todo su concepto. Así, la RAE define el verso libre como aquel
“verso que no está sujeto a rima ni a metro fijo y determinado”. Ojo en
este punto: no se está diciendo que el verso libre no posee métrica ni rima,
sino que estos no están predeterminados. La predeterminación es una cualidad y
una necesidad intrínseca de todo el universo de la versificación medida, no del
verso libre. Es importante que el lector tenga presente esta idea a lo largo
del artículo.
Sobre la métrica
Durante su exposición, cuando Miguel se
refiere a la métrica en el verso libre, cita al ilustre Pedro Henríquez Ureña
cuando este dice que la primera limitación de la que padece el verso libre va
contra la longitud, pues debe ceñirse a formas breves y no admite prolongación
indefinida.
Esta afirmación peca de injusta frente
a la naturaleza estructural y poética de la composición versolibrista. Tal como
dice el pensador, toda construcción poética debe ceñirse a formas breves y no
admite prolongación indefinida. Así, el verso libre, como construcción poética,
no está exento de esta regla natural. Por lo tanto, esta no es una condición
que anule la libertad del verso libre, sino todo lo contrario: garantiza su
naturaleza poética.
La libertad métrica del verso libre
radica en el hecho de no estar sujeto a sistemas métricos fijos o determinados,
permitiéndole al poeta jugar con una variedad infinita de longitudes en cada
verso dentro de un mismo poema. En el verso libre, el poeta no está obligado a
lograr una equis cantidad de silabas en cada verso para poder construir
adecuadamente su poema.
Es ahí, en la posibilidad de decidir el
juego métrico (ya sea de manera consciente o inconsciente) para cada
composición, donde se manifiesta la libertad del versolibrismo en cuanto a
métrica se refiere.
Sobre la rima
Otra de las afirmaciones que Miguel
realizó durante la última presentación de su conferencia, es que el verso libre
“debería estar libre de toda rima”. Pero ¿por qué? ¿por qué el verso libre debe
sí o sí estar exento de rima? ¿quiénes, cuándo, cómo y dónde establecieron esa
premisa como regla inamovible del versolibrismo? Si bien es cierto que la rima
no es común en el verso libre, también lo es que eso no implica que su ausencia
deba ser obligatoria para garantizar la libertad del verso. Si así fuera, entonces
ahí sí el verso libre dejaría de ser libre, porque se le obligaría a cumplir
una regla que no es poéticamente natural. Lo que ocurre en el verso libre, como
se dijo en su definición, es que no está sujeto a sistemas específicos de
rimas, y eso no significa que deba haber en él una ausencia absoluta de ellas.
Pondré un ejemplo: digamos que un
versolibrista decide, porque quiere darle una buena terminación rítmica a un
poema, hacer que los dos últimos versos rimen. ¿Deja de ser verso libre ese
poema por la presencia de esta rima? Y si no es verso libre ¿en cuál sistema se
colocaría? ¿se dirá entonces que no es un poema? Y si se ve que el poema tiene
calidad, está bien escrito y que la decisión de incluir rima entre los dos
últimos versos funciona y se ajusta armónicamente a toda la composición del
poema ¿se le negará su naturaleza poética simplemente porque en una
versificación libre apareció una rima? Hacer alguna de estas cosas sería caer
en un exceso de conservadurismo. Sería cerrar los ojos ante la evidencia de
estar en presencia de una de las manifestaciones más puras del versolibrismo:
sus posibilidades de jugar con la rima en función de su preferencia y su
conveniencia.
El problema no es si hay o no hay rima
en el verso libre, el problema sería su mala utilización, es decir, incluir
rimas que malogren la belleza, el mensaje y/o el buen ritmo en un poema, cuando
se tiene la posibilidad de excluirla sin reparo alguno para enriquecerlo. Pero
eso es responsabilidad del poeta, no un inconveniente del verso libre.
La presencia de la rima en el
versolibrismo, sea en la forma que sea, sí es posible. Lo que el poeta debe
garantizar, si decide usarla, es que funcione.
Sobre el ritmo
Volviendo a citar a Pedro Henríquez
Ureña, Miguel sostiene que aún el verso se libere de todo, queda sometido a un
último eslabón, y este es el ritmo. Pero ¿es acaso la presencia del ritmo en el
verso libre, una condición que coarta su libertad? Por supuesto que no. Se ha
pregonado por siglos y hasta el cansancio que el ritmo y la musicalidad son
elementos viscerales de toda composición poética. Entonces, si el versolibrismo
es poesía, y el ritmo y la música son parte del conjunto de las reglas de
versificación, esto no indica que el verso libre es menos libre, sino que
conserva su naturaleza poética.
Lo que ocurre en el verso libre (al
igual que en los dos casos anteriores) es que no está sujeto ni delimitado por
un sistema rítmico fijo o definido, sino que tiene licencia para jugar con él
sin cohibirse por determinaciones de métricas o de rimas. Dentro del verso
libre, el ritmo puede fluir independientemente de las características métricas
o de rima que posea el poema. Así, aun en los casos en que la métrica o la rima
influyan en el ritmo de un poema en verso libre, este no está dado por
responder necesariamente a un sistema especifico de ellos. El ritmo puede
entonces estar presente en cualquier modo, como lo entienda o lo conciba el
poeta, porque si el verso libre no se sujeta a sistemas métricos ni de rima,
pues tampoco lo hará a sistemas rítmicos.
Sintetizando todo lo dicho hasta aquí, puede
decirse que la creación poética tiene sus leyes, sus reglas del juego, y
transgredidas o no, modificadas o no, innovadoras o no, deben existir para que
todo el cuerpo poético sea posible. Esto no excluye al versolibrismo. El verso
libre no es menos libre porque juegue estas reglas del juego, sino que su
existencia y su naturaleza poética se sustentan porque juega estas reglas del juego.
Lo que lo diferencia de la versificación medida es que las juega a su manera y
como él prefiera. No se somete a sistemas, sino que sus posibilidades son
infinitas. Pero de que las juega, las juega.
Limitaciones del verso:
el medido frente al libre
Al principio, mencioné que, durante su
última presentación de En busca del verso puro, Miguel sugiere que el
verso medido en realidad no posee limitaciones, y decir que sí las tiene es
demostrar ignorancia y holgazanería. Sin embargo, en distintos momentos de su
exposición, mientras habla de aquellos factores que él considera necesarios
tomar en cuenta para lograr la pureza del verso, se encuentran algunas
situaciones que en sí mismas contradicen las afirmaciones del joven poeta.
El asunto empieza cuando Miguel habla
de evitar los ripios como uno de los factores para alcanzar el verso puro.
Ilustra el problema que significa la presencia de los ripios en un verso
utilizando dos ejemplos. En el primero, toma un verso del poeta peruano José
Santos Chocano, cuando en su Elegía Epicúrea, dice:
en vez él de un manojo de laureles sombríos
Miguel puntualiza que el pronombre «él»
es un ripio, aclarando que se encuentra ahí únicamente por la necesidad de
completar el verso alejandrino, que sí o sí debe poseer catorce sílabas. Es
decir, sin ese «él», el verso pierde su cualidad de ser alejandrino, por
lo que, a pesar de que el verso queda mejor sin el pronombre, el escritor se ve
obligado a colocarlo, sacrificando la belleza del verso para cumplir con la
norma. Si esto no es una limitación ¿cómo se le puede llamar? En el verso libre
es posible prescindir de ese «él» sin reparo alguno. Ciertamente, el
verso podría transformase de tal manera que se elimine el pronombre respetando
las normas métricas del verso alejandrino, pero ¿cuáles serían las garantías de
que el verso conserve su esencia, su belleza, y, sobre todo, lo que el escritor
quiere decir? Ninguna. Sin embrago, en el verso libre no existiría este
problema.
Visto un caso de limitación métrica, veamos
uno de limitación por rima. Para ello, me serviré del segundo ejemplo que
utiliza Miguel al exponer el problema de los ripios. Ahora le toca el turno al
poeta José Eguren, cuando en su poema La niña de la lámpara azul, dice:
En el pasadizo nebuloso
cual mágico sueño de Estambul,
su perfil presenta destelloso
la niña de la lámpara azul.
Aquí el ripio es la palabra Estambul,
sobre la cual Miguel comenta “yo no sé qué busca Estambul ahí, pero bueno, de
algún modo había que rimar azul con una palabra y se le ocurrió meter
Estambul”. Es decir, el escritor no tenía la libertad de omitir alguna palabra
terminada en -ul, la norma de la rima por el tipo de poema que escribía lo
obligaba a colocar, sí o sí, una palabra con tal terminación. En ese sentido,
la limitación es evidente. Esto no ocurre en el verso libre, porque el poeta
habría podido hacer uso de su licencia para no utilizar de manera obligatoria
una palabra terminada en -ul, teniendo mayor oportunidad de conservar la
belleza, la esencia y la pureza de su verso.
Y por si no fueran suficientes los dos
ejemplos anteriores, veamos uno más, de cuando Miguel habla del hipérbaton como
uno de los lastres en el verso. El joven poeta señala que el uso del hipérbaton
es una estrategia que sirve para lograr la métrica, la rima y/o el ritmo en un
poema, reconociendo que su uso resta belleza y naturalidad. Como ya vimos un
caso de métrica y otro de rima, ahora conoceremos uno concerniente al ritmo.
Para ilustrarlo, Miguel cita a Bécquer, cuando en su Rima LIII, dice:
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar
Miguel refiere que la forma
sintácticamente correcta y natural sería:
Las golondrinas oscuras volverán
a colgar sus nidos en tu balcón
Sin embrago, resume Miguel, sin el
hipérbaton el verso estaría violentando su norma rítmica, y ya no sería lo que
es, sino otra cosa. Entonces, si el hipérbaton es, en ocasiones, un recurso
necesario para obligar al verso a cumplir con una norma rítmica ¿cómo es
posible afirmar que esto no es una limitación? De este poema haber sido escrito
en verso libre, Bécquer habría podido olvidarse del hipérbaton para forzar un
ritmo al que lo sometían las normas del tipo de poema que escribió. Aun en el
hipotético caso de que el referido poema hubiera sido escrito en verso libre, y
suponiendo que Bécquer habría querido darle un ritmo equis a su composición,
sus oportunidades de hacer algo más ingenioso y menos lacerante habrían sido
mucho mayores, por el simple hecho de no estar sometido a normas rítmicas
específicas.
Para Miguel, es pasable cometer en la
poesía medida alguno de estos errores que se han abordado, pero hacerlo en el
versolibrismo es imperdonable. Y tiene razón. Tiene razón porque el verso
medido vive con las manos atadas, está cercado por murallas elevadísimas, sus
oportunidades son escasas, no van más allá de las normas que delimitan sus
formas: no tienen más opciones. Pero el versolibrista posee alas, no hay
murallas a su alrededor, puede volar a las alturas que quiera y de la forma que
lo desee, sus oportunidades llegan hasta el horizonte y sus opciones son
ilimitadas, no tiene que refugiarse en estos errores, porque no le debe nada a
ninguna métrica, a ninguna rima, ni a ningún ritmo; y él, solamente él (y no el
verso libre en sí mismo) es responsable del uso que les da a los recursos a su
disposición. Mallarmé lo entendió cuando, ante la introducción del verso libre
en Francia, dijo:
Asistimos ahora a un espectáculo verdaderamente
extraordinario, único, en la historia de la poesía: cada poeta puede esconderse
en su retiro para tocar con su propia flauta las tonadillas que le gustan; por
primera vez, desde siempre, los poetas no cantan atados al atril. Hasta ahora
–estará usted de acuerdo– era preciso el acompañamiento de los grandes órganos
de la métrica oficial. ¡Pues bien! Los hemos tocado en demasía, y nos hemos
cansado de ellos.
En síntesis, la libertad del verso
libre reposa en el poder que le otorga a cada poeta de definir su propia
longitud métrica, su propio juego de rimas (así como optar por no tenerlas), y
su propia fluidez rítmica, pudiendo hacerlo tanto para cada poema como para
toda su cosmovisión poética, toda vez que ello permita identificar su creación
como una composición versificada. Así, no contando el verso medido con este
poder, porque va en contra de su naturaleza, se encuentra limitado por las
normas que lo definen. Y por si aún queda alguna duda sobre la existencia del
verso libre, concluyo con las palabras de Bělič (citado por Darebný y VázquezTouriňo, 2016): “A pesar de todas las dudas y reservas que pueda haber, el
verso libre existe, tiene su poética, tiene la tipología de sus formas básicas,
tiene todo lo que debe tener un sistema prosódico”.

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