Se
ha dicho demasiado (literalmente, demasiado) sobre los puntos negativos de la
pasada FIL2022, y muy poco sobre las cosas positivas, al punto de que se ha
querido vender la idea de que no hubo nada salvable en esta edición del evento
cultural más importante de la isla.
Hay
demasiadas falacias repartidas por ahí acerca de esta feria.
Y
sí, la feria tuvo unos defectos impresionantes, problemas que eran evidentes y
que es inevitable achacárselos al déficit en la organización, en la
planificación y en la comunicación por parte de los organizadores.
Pero
entiendo que no se debe caer en la facilidad de creer que estos problemas son
exclusivos de esta versión de la Feria, o que han aparecido ahora por primera
vez en la historia de este magno evento cultural, porque no es así.
Y
no es que esto justifica los errores y defectos de esta feria. No, en lo
absoluto. La idea es mejorar en cada edición. Lo que ocurre es que no es ético
desinformar con la falacia de que muchos esos defectos vieron la luz este
año.
Mi
dilecto amigo Edwin J. Peña, un nómada experimentado de las Ferias del Libro,
que no se pierde ni una, me comentaba una noche en que nos encontramos allá en
la FIL, que todo eso que se andaba criticando en las redes y en grupos y
mensajes de difusión de WhatsApp, a él no le parecía nuevo, que ya lo había
visto en ferias anteriores. Agregó, y estoy completamente de acuerdo, que el
asunto es que este año esas cosas se han visibilizado mucho más a través de las
redes sociales. Y bueno, todos sabemos lo que se han convertido las RRSS en
este país después de las fracasadas elecciones municipales del 2020 ¿no?
Además,
creo que cualquiera con dos dedos de frente y un poco de sentido crítico puede
darse cuenta de que existe una intención clara de desacreditar esta feria y a
los encargados de montarla. Y no es que no se pueda criticar, yo creo
firmemente en que sí, que se critique y que todo el mundo exprese lo que piensa
de la feria y sus organizadores, el problema es que cuando esa opinión viene
pensada con el objetivo de hacer daño, con maldad, con odio, pues esa opinión
hay que mirarla con cuidado.
Presentación
de los libros ganadores del Premio de Literatura Joven
Una
de mis grandes decepciones de esta feria es el hecho de que mi libro, Conejos
& bastones, ganador del Premio de Cuento Joven Pedro Peix 2021, no pudiera
ser presentado, ni quiera puesto a circular, en esta edición de la feria. Eso,
al igual que a mis compañeros que también resultaron ganadores en diferentes
categorías de los Premios de Literatura Joven, me desarmó por completo y nos
dolió con cojones y nos llenó de rabia, impotencia e indignación. Todo porque
la imprenta encargada no entregó los ejemplares a tiempo y cuando decidió
entregar, lo que entregó fue una basura. Literalmente: basura.
Creímos
que esto era insólito, sin precedentes, algo inimaginable. Pero resulta que
investigando un poco y hablando con ganadores de estos premios en versiones
pasadas, descubrí que no, que no es la primera vez que esto ocurre.
Por
ejemplo, cuando tuve el placer y el honor de conocer a la escritora Kianny
Antigua, y de intercambiar algunas palabras breves con ella, me contó que, en
la edición de la FIL de 2018, donde debía ser presentada su obra Un zompopo peculiar,
con el que ganó el Premio de Literatura Infantil Letras de Ultramar 2017,
ocurrió exactamente lo mismo que en esta ocasión: la imprenta encargada de las
tiradas del libro no entregó los ejemplares a tiempo.
Este
también fue el caso del poeta Edwin Solano Reyes, quien debió presentar su
poemario Expedición para casar fantasmas en dicha feria tras haber
ganado el Premio de Poesía Joven 2017. Pero la imprenta tampoco entregó estos ejemplares
a tiempo. Igual le ocurrió al escritor Kieselim Montás cuando ganó el Premio de
Ensayo Letras de Ultramar 2015.
A
esa vaina de que las imprentas no entreguen los ejemplares a tiempo como que hay
que ponerle mano dura y compromiso: hay que tomar medidas, pero es ya, contra
ese sinsentido; pero no queramos hacer creer como que eso es la primera vez que
ocurre.
La falacia de
la comida y los mata tiempo
Una
de las mayores falacias que se ha divulgado sobre esta feria es que había más
comida que libros. Una gran mentira, penosa y vergonzosa, y más pena y vergüenza
es que gente a la que uno respeta se preste para hacerse eco de ella. Y no
porque afecte a equis o a ye persona, sino porque simplemente no hace honor a
la verdad.
De
todas las ferias a las que he asistido (desde 2014 no he faltado a ninguna),
esta ha sido la feria con menos carpas para comida que he visitado.
Recordemos
que, en las versiones celebradas en la Plaza de la Cultura, se disponía de un
lugar específico y amplio para vender comida, tan amplio que se colocaban
carpas de lado y lado y todavía sobraba espacio para ubicar mesas a lo largo
del centro disponibles para los comensales (y OJO, no es que eso esté mal
tampoco).
En
esta feria del libro las carpas para comida difícilmente llegaban a siete, y
eran pequeñas. Así rápidamente yo recuerdo las siguientes: una carpa de hot
dogs, una de pizza, una de Barra Payan, una de empanadas y una de Coca Cola.
¿Cómo
entonces se puede hablar de una feria en la que se vendía “mucha comida”?
En
cuanto a los mata tiempo, no olvidemos que esto es endémico de todas, todas,
todas las FIL de nuestro país. Y en realidad no está mal que se venda mata tiempo,
es decir, si un librero tiene esa mercancía en su repertorio, pues ni modo, lo
va vender.
Ahora
bien, el problema es cuando el mata tiempo le roba protagonismo al libro, y en
esta ocasión era imposible que eso ocurriera por el simple hecho de que la
mayoría de los libreros no estaban vendiendo mata tiempo. Por lo menos yo vi
muy pocos, y el recuerdo más claro que tengo de la venta de mata tiempo es el
de una señora sentada en la acera de la calle La Damas, como con veinte en las
manos, vendiéndolos ahí.
Entonces,
no es verdad, como se ha dicho mucho, que se vendieron más mata tiempo y comida
que libros.
La falacia en
la ausencia de los libros
Decir
que esta pasada feria careció de libros ha sido la mentira favorita de muchos.
Recuerdo
cómo durante el segundo día de la feria circulaban en RRSS imágenes de stands
vacíos. Y es verdad, algunos estaban vacíos e incluso sin terminar de montar.
Pero ¿es que nadie recuerda que desde Semana Santa el país estuvo bajo lluvia,
que había una vaguada que se prolongó por más de diez días y todavía en medio
de la FIL seguía lloviendo? ¿cómo se espera que todo esté 100% listo bajo esas
condiciones cuando estamos hablando de un recurso que hay que mantener los más
lejos posible del agua como es el libro? ¿Y por qué luego de ese primer fin de
semana no siguieron apareciendo fotos y videos actualizados de carpas y stands sin
libros?
No
sé, un poco de sentido común y no es tan difícil comprender el quid del asunto.
La
calle Las Damas, complementada por otros espacios, estaba casi totalmente ocupada
de carpas de libreros y editoriales en los que, sí, en los primeros días no se
observó mucha movilidad de venta, pero a medida que avanzaban los días el
negocio se dinamizó.
Y
no lo digo yo (a pesar de que compré varios libros y muchos de mis amigos también),
lo dicen diferentes libreros que estuvieron allá.
Para
no hacer este articulo más largo de la cuenta, aquí les dejo el link de la
entrada en el Diario
Libre donde se recoge las opiniones de estos libreros, los cuales, en síntesis,
expresaron que, a pesar de las inclemencias del tiempo, las ventas no
estuvieron mal.
Edwin
Peña me contó que uno de estos libreros vendió una colección completa de Shakespeare
en cinco mil pesos.
Entonces
¿cómo se sostiene el argumento de que no había libros en esta FIL?
En fin…
Ciertamente
no se puede tapar el sol con un dedo. Lamentablemente los problemas de organización,
coordinación, montaje de actividades y etc. fueron latentes en esta Feria del
Libro. Los organizadores, las autoridades culturales e incluso las de educación
y el gobierno central, están en la obligación de reflexionar y replantearse
muchas cosas de cara a próximas ferias regionales y la misma Feria Internacional
del Libro.
Porque
si bien es cierto que muchos de los fallos de esta feria no son nuevos, también
lo es que se supone que cada año la idea es, no eliminarlas porque siempre habrá
algo que mejorar, sino reducirlas al minino posible y no repetir los mismos
errores que por años viene cargando la Feria Internacional del Libro.
Que
se critique, sí, que se hable de todo aquello en lo que se falló y en lo que se
pudo haber sido mejor. Estoy completamente de acuerdo y todos están en el
derecho y el deber de hacerlo. Pero que se haga sobre una base objetiva y motivados
por la colaboración, con la intención de que este magno evento cultural que nos
pertenece a todos, el más importante del Caribe, sea mejor cada año.
Con
lo que jamás estaré de acuerdo es con la crítica baladí y alegre, con la crítica
maliciosa y exagerada, con esa crítica que desinforma y resta en vez de
aportar, con la crítica que se pone al servicio de intereses particulares o basada
en el odio de un grupo contra otro, con esa critica que nace porque si no soy
yo, tampoco serás tú.
Posdata: Cuando
terminé de corregir este artículo me llegó una notificación de YouTube sobre una
entrevista de Sergio Carlo al ex ministro de cultura José Antonio Rodríguez, titulada
Un Balance A La Feria
Del Libro 2022 que les invito a ver.

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