Para saber lo
que soy
tengo que preguntármelo
Basilio
Belliard
El
ruido invisible es el segundo libro de cuentos de la joven escritora, critica
e historiadora del arte, Nadia Lugo. En los seis relatos que componen esta
obra, editada y publicada por Luna Insomne Editores, Nadia retira la cascara a una
realidad incomoda sobre la dominicanidad contemporánea.
A su vez, aunque no lo parezca, es una forma de Nadia expresar su amor por el país, pero lo hace como esa hermana mayor que, notando los malos pasos en los que estamos y previendo el desafortunado destino al que nos conducimos, nos dice nuestras verdades en la cara con la esperanza de que reencaucemos nuestro camino, cambiemos de actitud y nos fijemos un futuro más prometedor. En fin, que no seamos el quedao’ del grupo, que es, al parecer, como nos ve Nadia como nación ante la vorágine de los avances digitales, tecnológicos y cognitivos que vive el mundo.
El
libro de Nadia funciona como una paleta de diversos registros estilísticos que
pretenden dibujar la identidad dominicana contemporánea desde un punto de vista
crítico y agrio, desnudo y real, que nos empuja a reconsiderar lo que somos y
lo que seremos ante un futuro que, visto desde esta isla, ya es el presente en
otros lugares del planeta.
De
esa manera, en Nadia y su ruido invisible la reflexión sobre la identidad
adquiere nuevas significaciones en estos tiempos marcados por la inter y la
hiperconexión (Álvarez, 2017). Por ello, en esta critica a nosotros mismos lo
digital y sus vicios, lo digital y sus bendiciones, atraviesan cada relato como
un recordatorio de aquello que no estamos viendo debidamente.
Quizás
el relato que menos muestra esta última característica es el primero, Wasp-6b,
pero es definitivamente uno de los que mejor subraya esas falencias que podrían
no ser elementales para vivir, pero sí vitales para trascender de manera
competente hacia el futuro: nuestra carencia de cultura.
Este
cuento recrea desde la ficción un evento macondiano o garcíamarqueano (y por
tanto muy latinoamericano) de nuestra historia del siglo pasado. La llegada al
país de una pieza aborigen, de un cemí dios de la lluvia, coincide con un
periodo de aguaceros imparables que amenazan con destruir toda nuestra
agricultura y pone en apuros a las autoridades y al responsable de haber traído
desde Londres al cemí.
Pue
bien, el punto es que, en un solo párrafo, recibimos uno de los tragos más amargos
repartidos por todo el libro. Esto ocurre cuando el personaje/narrador nos
habla del reporte de seguridad que un agente secreto envía a Londres donde
revela que “en el país no existía voluntad de hurto, que nadie tenía los
contactos suficientes para vender piezas como el zemí en el mercado negro
internacional y que no poseíamos los recursos mínimos para un robo de tal
clase”. Tal y como concluye el personaje, este reporte no dice otra cosa que no
sea que somos demasiado pobres como para lograr una proeza de esa índole.
Esta
pobreza no se limita a lo material o económico, se refiere además a una pobreza
de conciencia: carecemos de los conocimientos mínimos necesarios para
comprender la importancia cultural de contar con una pieza de más de 500 años
hecha por nuestros ancestros. De hecho, nadie le prestó atención a la presencia
de la pieza en el país hasta que, días después de su llegada, un periodista
vinculó los constantes aguaceros con la llegada del dios taíno de la lluvia.
En
el segundo relato, Nadia se apoya en lo neofantástico para desdibujar o
reconstruir la frontera entre la realidad y lo virtual en una dinámica que no
nos deja claro si los personajes están en “esta realidad” o en un video juego.
En
este relato titulado Perrita Pequinesa, Nadia vuelve a abofetearnos,
ahora recurriendo fugazmente a ese complejo de Guacanagarix que lo atraviesa
todo. Cuando la protagonista nos dice que aquí en la isla todos sabemos que
Madrid es una ciudad “donde puedes hacerte el tonto por siempre, vomitar la
resaca por siempre, donde los abuelos tienen abuelos, donde se participa en
orgías nocturnas con trannies y por la mañana se asiste a la marcha de
la falange sin remordimiento”, no hace otra cosa que decirnos que para nosotros
cualquier cosa esta justificada si ocurre fuera del país. Aquí no, aquí toca
ser ridículamente morales e hiper conservadores.
El
tercer relato, Ojo de agua, con un registro de lo absurdo que nos habla
a la cara, nos revela la historia de un funcionario público que se ha escondido
en un pueblo con este nombre. Se le acusa de haber filtrado un video en el que
aparecen unos políticos argentinos participando en un ritual en nuestra media
isla para garantizar el triunfo del peronismo en las próximas elecciones. Una
situación bochornosa, pero que, a nadie en Ojo de agua, ni en ningún lugar, le
importa la trascendencia del hecho siempre y cuando lo puedan capitalizar en
las redes sociales de todas las maneras posibles.
A
través de la internet y sus infinitas teorías y especulaciones sobre el caso,
Ojo de agua se ha convertido, literalmente, en el centro de atención del mundo,
y los pueblerinos están dispuestos a perderlo todo protegiendo al acusado
siempre y cuando puedan seguir montados en esa dinámica absurda. Hasta que un
día les quitan el internet y deben enfrentarse a esa “sensación de miseria en
el fondo de los ojos que aflora cuando la opción de enfrentar la realidad es
impostergable”.
Llegando
ya a la segunda mitad de este libro de cuentos, nos recibe La larga espera,
una especie de comedia sobre el absurdo en el manejo de los asuntos del estado.
Aquí, nuestro personaje, también un colaborador público, debe elaborar de
emergencia un discurso para el mandatario, ya que el presidente de los Estados
Americanos visitaría el país y había que apurarse.
En
los menesteres que conlleva preparar un recibimiento de esa índole, el
protagonista se ve agobiado por las indecisiones y las incoherencias de los
altos funcionarios que no logran ponerse de acuerdo sobre cuál es al fin el discurso
más idóneo y ya mandan a quitar esto y agregar lo otro y a decir cual cosa de
tal forma. Esto desencadena, como he dicho, una serie de absurdos que de alguna
manera ahogan al personaje que no tiene más remedios que obedecer incoherencias
como estas: “El presidente quiere tres párrafos que expliquen la importancia
del financiamiento blando para el cultivo del plátano. No se menciona el cambio
climático, todos están hablando de ello, inclúyalo. El discurso es demasiado
largo, favor acortar”.
Sin
embargo, el colmo del absurdo llega hacia el final del relato cuando, tras el
protagonista descubrir el plan de una especie de conspiración en una memoria
USB, y verse impedido de hacerla llegar él mismo al presidente, este coloca la
memoria USB en el collar de una perra que vive en palacio, la memoria es
descubierta y quien se lleva todo los méritos es la perra, en una actividad en
la que “todos se levantaban efusivamente de sus asientos, muchos le lanzaron
caricias desde la lejanía o proximidad que les permitía el reflejo de sus
estatus en los asientos asignados”.
Punto
Petró es el relato que, para mí, fue el que más me quedó a
deber. Si bien es cierto que también denuncia uno de los vicios más elementales
de lo que somos como sociedad y como estado, también lo es que, a mi manera de
verlo, no es algo que, aunque intuyamos que ocurra, nos llegue como una especie
de revelación, como sí ocurre con los relatos anteriores y sobre todo con el
que le sigue a este. El relato es genuino en su objetivo y su construcción,
pero no sentí el peso de una verdad demoledora.
Punto
Petró nos habla de un historiador que ocupa un cargo desde
el cual tiene la potestad de otorgar o denegar becas para estudiar en el
extranjero, cargo que aprovecha para dar riendas a sus instintos sexuales con todas
aquellas que quieran ser agraciadas con una de estas becas. Esto ocurre hasta
que un día su secretaria (nuestro personaje principal), dejó sin querer el
celular con la cámara encendida en la oficina del historiador y uno de los
procesos de aprobación de becas quedó grabado. Luego, aquello fue a parar a la
horca del siglo XXI, las redes sociales, y no hace falta decir en qué paró el
asunto.
El
ruido invisible cierra con uno de los cuentos más demoledores que
he leído en mucho tiempo sobre nuestra sociedad, sobre lo dominicano. Es un
relato que, para mí, es magnifico porque nos restriega en la cara como ningún
otro lo patéticos y torpes que somos, la manera en que malgastamos nuestro
tiempo y recursos en banalidades y estupideces que no nos llevarán a ningún
lugar y que nos hacen ver como una masa de monos enajenados. Lo peor y lo
magnifico a la vez, es que no podemos dejar de reconocer en ese cuento que está
lleno de verdades, aunque nos destroce.
Unidad
Caribe: nos encontramos en un futuro no tan lejano, pero sí lo
suficientemente avanzado como para que la humanidad, tras verse forzada a
abandonar la tierra debido a una enfermedad que hacía imposible continuar aquí,
debe empezar de nuevo en estaciones satelitales que orbitan el planeta. Allí,
un grupo de científicos especializados se dedica a recuperar nuestra historia
en la tierra y, aparentemente, tiene mayor relevancia recuperar aquello que en algún
momento fue trascendente para la humanidad. Los científicos están divididos por
unidades que se dedican a estudiar lugares y regiones en específicos del
planeta. Nuestro protagonista está asignado a la Unidad Caribe, él
particularmente a lo que fue República Dominicana debido a que es un
descendiente de dominicanos. A lo largo del relato, vamos descubriendo su
indescriptible frustración ante el hecho de no encontrar absolutamente nada
trascendente, verdaderamente relevante, en nuestra sociedad, sobre todo en lo
que somos actualmente.
En
el relato esa inconformidad empieza a manifestarse cuando el protagonista
expresa su lastima por nosotros debido a la inexplicable “fascinación que
heredamos por el plátano”. Más adelante, el protagonista muestra su
consternación ante el absurdo de que, mientras una de las grandes universidades
del mundo publicaba un articulo crucial para nuestra historia precolombina,
aquí nadie le prestó atención y toda la prensa local se volcó a hablar, durante
quince días, sobre la muerte de un tal Marino Rodrígues. Un personaje ficticio,
pero que vendría a ser una especie de Mantequilla, pero sin la parte en que
este cae preso y un poco más refinado.
Más
adelante, nos llega uno de los momentos en que sentimos la profundidad de la
frustración de nuestro protagonista mientras imagina a uno de sus colegas de
otra unidad y a su esposa burlarse de él, debido a que le “tienen la carrera
enterrada en una monumental bagatela sexual. Leyendo y clasificando exabytes y
exabytes de información sobre cómo ingerían ron y elaboraban estrategias a la
altura de Wiener para encontrarse con sus amantes”.
Sin
embargo, esta no será la mayor de sus frustraciones. Nuestro protagonista toca
fondo cuando encuentra una luz de esperanza debido a que se entera de que “un
equipo de médicos de la Comisión Mundial de la Salud en el territorio caribeño
había descubierto a la primera persona inmune y nunca informaron a la población
local”. Ahora nuestro protagonista tiene en sus manos investigar y recolectar
toda la información que exista en la media isla sobre este hecho crucial. Está
convencido de que ha llegado su momento de aportar algo. Sin embargo, tras
horas y horas, días y días de investigación, descubrió que nadie en la isla
hizo la más mínima mención a este hecho, y que en cambio la prensa se ocupó de
unos jóvenes pertenecientes al grupo Los Musicólogos que “anunciaron una marcha
caravana para pedir a las autoridades un espacio donde puedan escuchar música a
más de ciento veinte decibelios. Se quejaban de no tener un lugar para lucir y
utilizar los costosos equipos de sonido instalados en sus vehículos…”.
Llegado
a este punto el quiebre del protagonista es inevitable y no queda otro camino
que el emprendido por él: una eutanasia a nuestra inservible memoria.
Con El ruido invisible, Nadia Lugo se posiciona como una de las voces reflexivas de nuestro tiempo y nuestra identidad, como una de las narradoras que señala nuestros pecados no sólo desde la contemplación, sino también desde la memoria y el pensamiento. Así, alternando sus registros narrativos, Nadia cumple con una de las funciones del narrador descrita por José Rafael López (2019), cuando habla de la función testimonial, ya que encontramos la participación de la narradora en la historia que cuenta o la relación que guarda con ella. De ese modo, descubrimos entre Nadia y su ruido invisible una relación afectiva, pero también moral o intelectual, sobre todo cuando parece que percibimos los sentimientos que despiertan en ella cualquiera de los acontecimientos narrados.
Al
contrario de Belliard (2017) en su artículo “Identidad y errancia”, Nadia no
sólo postula un autoexamen de nuestra identidad psicológica y moral, sino que
también postula una crítica social, política e histórica (la historia pasada y
futura, si cabe). El ruido invisible es
un libro espejo que permea nuestra cultura en los tres estados básicos del
tiempo y nos desafía a reconstruirnos como individuos de la dominicanidad.
REFS.
Alvares, S. (2017). EDITORIAL. País Cultural: El mar que nos une.
10(2), 1.
López, J.R. (2019). Estrategias Narrativas en “Milagros, calle Mercurio”
de Carmen Lugo Filippi. CUADRIVIUM. 14(21), 30-41.
Belliard, B. (2017). Identidad y errancia. País Cultural: El mar que
nos une. 10(2), 76-77.


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