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DEFINIR AL ESCRITOR


 

Una vez conversaba con el poeta Juan Inirio acerca de qué define a un individuo como escritor. Los hilos que tejían esta charla eran las interrogantes de cuándo se es escritor, dónde, cómo y por qué, y, sobre las líneas de esas preguntas, nos pusimos a pensar y a comparar unos con otros los casos de varios de los personajes que conocemos como escritores; sin embargo, siendo sincero desde ya, no llegamos a ninguna conclusión concreta.

Todo lo contrario: pareció que nos habíamos adentrado en una nebulosa más densa y turbia acerca de los elementos que necesita un sujeto para recibir la tan codiciada, a pesar de miserable, etiqueta de «escritor».  

En este artículo no pretendo la osadía de responder tales preguntas (la soberbia o la ingenuidad no me dan para tanto), sino más bien estirar un poco más aquel asunto que sirvió de excusa para una conversación entre Inirio y yo, y sobre el cual he hecho algunas reflexiones que, lamentablemente, no podré exponer a plenitud en este espacio. Pero vamos a la esencia del asunto.

Para encausarte en esta interrogante puedes empezar pensando en lo que se ha dicho sobre el oficio del escritor, esa “disciplina” que comprende un conjunto de hábitos propios de quien asume la escritura con responsabilidad y compromiso. Eso de leer como desgraciado y con actitud de esponja, de escribir mucho y corregir y desechar mucho más, tener la vida prácticamente al filo de la literatura y todos esos etcéteras son quehaceres que con ligera facilidad los asociamos a nombres como Stephen King, Murakami, Umberto Eco, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, César Vallejo, Roberto Bolaño, Pérez-Reverte, Oscar Wilde, Fiodor Dostoievski, Mark Twain, Julio Verne, Isaac Asimov, entre otros demasiados más que dedicaron parte importante de sus vidas a la creación literaria, a la que sus obras y el peso universal de las mismas les sirve como testimonio. Son personajes con los que cualquiera convendría en que son “escritores de verdad”.

Sin embargo ¿qué pasa cuando hablamos de Harper Lee, Juan Rulfo, Emily Brontë, Margaret Mitchell, J.D Salinger y otros tantos más que, aunque escribieron muy poco, gozan de una reputación incuestionable en la literatura? Posiblemente casi nadie pondrá en tela de juicio la condición de escritores de estos nombres, y, sin embargo, la producción literaria que lograron supone que su estilo de vida no se ajustaba a lo que referí más arriba sobre lo ampliamente aceptado como el oficio de un escritor.

Esto inevitablemente nos lleva a las cuestiones del principio, y eso que aún no hemos contemplado (así que hagámoslo ahora) la desmesurada cantidad de personas que ha dedicado su vida y sus mejores esfuerzos a la creación literaria y jamás lograron ni lograrán nada relevante en este infinito universo literario.

Entonces ¿qué es lo que construye a un escritor? ¿sus obras, su estilo de vida o la conjunción de ambos? ¿Y cuando no puede haber tal conjunción por la falta de obras o del estilo de vida?

Hay un concepto que no debo dejar de traer aquí, y es el de autor.

Bien, creo que estaremos de acuerdo en que todos los mencionados y los faltantes en cada grupo son autores ¿no? pues son responsables de al menos una pieza literaria. Sin embargo, si volvemos a lo que idealmente son los gajes de alguien con el perfil del individuo de las letras, podría concluirse que no todos son escritores: todos son aves, pero no todos son halcones.

Entonces, si seguimos esta línea de razonamiento ¿puede decirse que los mencionados entre los que escribieron poco, a pesar de su estatura literaria, no son escritores sino autores? Naturalmente que esa idea puede tocar varias sensibilidades, y hasta algunos fanatismos, pero me es atractivo el reflexionar sobre eso y, tal vez, llegar a una conclusión no muy dulce al respecto.

Para concluir, dejaré el artículo en la postura de que, tal vez, lo que define a un escritor es su habilidad para escribir una buena obra, no el oficio en sí mismo ni la cantidad de obras producidas, a pesar de que ambos elementos juegan un rol determinante en la vida de quien se lanza al mar de la palabra escrita.

En definitiva: parece ser mucho más relevante la capacidad creadora.

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