El ego de nuestros
escritores es uno de los pilares que la sostiene la muralla que impide el salto
de nuestra literatura a espacios donde la palabra escrita tiene un valor capital.
Antes
de continuar, debo aclarar que este artículo no va a plantear una idea en la
que el escritor de nuestra tierra se despoja de su ego. Eso sería como cometer
la ingenuidad de pedirle al sol que no caliente, pues, así como el sol necesita
del calor para ser el Sol, los escritores necesitamos del ego para ser Escritores.
Sigamos…
En una entrevista que
realizara la autora Ana Mendoza al escritor español Juan Cruz, este afirma que
“los autores son egocéntricos, egoístas y ególatras, pero eso no es un defecto,
forma parte de su naturaleza. Si tú no fueras egoísta, egocéntrico y ególatra
no te pondrías delante de una máquina de escribir a contar historias que a lo
mejor te llevan un esfuerzo enorme y luego nunca salen en el papel.”
Por otro lado, en su artículo
«El cuento de los escritores egoístas», la periodista Andrea Aguilar cita a la
autora estadounidense Joyce Carol Oates, quien en uno de sus ensayos escribe
que “Algunos de nosotros necesitamos un egoísmo sin límites para encontrar la
fuerza para escribir una sola línea, no digamos un libro (…). Pero el artista
debe actuar a partir de la frágil convicción de que lo es todo, o no podrá
probar nada. Y como nos advirtió Lear: nada sale de la nada”.
Así mismo, en una
entrevista que la periodista Juana Libedinsky le hiciera al escritor inglés
David Lodge para el periódico La Nación, éste comenta que “Somos tremendos
ególatras, porque sin ese gigantesco amor propio, sería imposible tomarse la
tremenda molestia de escribir”.
Es definitiva, el ego
es un elemento intrínseco y al parecer indispensable en el escritor: no se
puede llevar a cabo el oficio sin este aliento de amor propio.
Entonces ¿cuál es el defecto
en el ego del escritor dominicano?
Sencillo: normalmente,
no es este tipo de ego (el del artista) el que se pone de manifiesto en él o
ella, sino uno ridículo y patético (el del exhibidor), arraigado en la
preponderancia, el culto a sí mismo —habla ampliamente de su persona y su obra
en cualquier medio y momento que le brinde la oportunidad—, las pandillas literarias
y la predisposición a rechazar lo que producen sus coetáneos.
Matías Rivas,
periodista para el periódico La Tercera, en su artículo Escritores
ególatras, explica que “Los escritores son, salvo excepciones, unos
ególatras insoportables. Algunos se saben cuidar de su propia arrogancia más
que otros, pero en el fondo la vanidad los mueve y la envidia los sacude. Esto
no disminuye en nada la relevancia de sus libros, pero sí los convierte en
sujetos abusivos con sus interlocutores y dudosos a la hora de acometer
juicios, ya que sus alabanzas o desprecios están teñidos por el amor a sí
mismos”. Más adelante agrega lo siguiente: “Es cierto que sin un ego en forma
no se puede crear nada. Los autores necesitan parecerse y creerse similares a
los genios que admiran. Es lo que les corresponde hacer mientras escriben, pero
no cuando salen a hacer vida social, ni cuando dan entrevistas, ni cuando están
con gente común y corriente conversando. Lo único que consiguen en esos
momentos es crear una escena lamentable”.
Me parece que esta idea
del ego de los escritores encaja mejor en el perfil del escritor dominicano que
la descrita en los primeros párrafos de este artículo. Sorprendería que fuera
de otra manera, y, sin embargo, no hemos escrito nada que merezca tanto
narcisismo.
He dicho en la primera
línea de este artículo que ese ego que acabamos de identificar, es uno de los
pilares que sostiene la muralla que obstaculiza el salto de nuestra literatura
hacia espacios universales dentro del arte y la literatura. ¿Cómo? Fácil: el
narcisismo y el egocentrismo del exhibidor terminan construyendo a su alrededor
abismos de mediocridad. Distraen al escritor de su obra y su oficio, lo llevan
a consumir más tiempo en buscar ser contemplado por los demás y a estar
pendiente de lo que el otro ha hecho que al enriquecimiento de su consciencia
literaria y de su propia obra.
Y cuando hablo de los
abismos de mediocridad y de la pobreza de conciencia literaria, no me refiero
meramente a lo concerniente al arte de escribir y leer, hablo además de otros
factores que hoy por hoy un escritor debe conocer para considerarse conocedor
de lo que hace y que están representados por unos huecos espantosos en muchos
de nuestros autores.
De esos factores a los
que me refiero, podría mencionar el conocimiento (al menos básico) del mercado
editorial internacional, los elementos necesarios para lograr la edición y la
publicación profesional de un libro, estar al día y reflexionar sobre las
vanguardias literarias fuera del país, de cómo y para qué se realizan
actualmente las presentaciones de libros, y etc.
Saber estas cosas permitirá
que el escritor posea mayor claridad sobre qué puede hacer con su obra y las
distintas opciones para ponderar hacia donde llevarla. La consecuencia de ello
sería abrir más posibilidades de que la obra alcance espacios de mayor
proyección, y así acercarnos a la oportunidad de entrar en los campos de la
universalidad literaria.
Pero es imposible que
un escritor logre obtener estos conocimientos y esta conciencia literaria
mientras esté poseído por los fantasmas de su ego exhibicionista.
El ejercicio literario
no solo debe hacerse, también debe pensarse, y debemos saber que, en
definitiva, si no pensamos sobre nuestro ejercicio, no podemos hacerlo adecuadamente.
Esta reflexión sobre el oficio debe llevarnos a una visión global y actualizada
de lo que estamos haciendo y de lo que debemos hacer; posteriormente, nos
corresponde adoptar actitudes en función de esa reflexión.
La embriaguez que
produce el yoismo exhibicionista, impide que realicemos este tipo de reflexión
sobre el oficio, y, en consecuencia, como no poseemos el nivel de consciencia
literaria a la vanguardia del tiempo que nos compete, no permite que seamos
participe de la vida literaria universal.
Todo artista necesita
creer al menos un poco en su arte para atreverse a hacerlo. Sin embargo, cuando
esta confianza excede las fronteras de su privacidad creadora, y se manifiesta
donde no se ha pedido ni es necesario en modo alguno, el parasito de la
mediocridad, tarde o temprano, termina por tragárselo y, lo que es peor,
infecta el medio al que pertenece, en este caso, nuestra literatura.
Como generación sobre
la cual se posa la esperanza y la responsabilidad de redefinir el rumbo de
nuestra literatura, así como de llevarla (o en su defecto encaminarla) hacia un
lugar en la universalidad literaria, creo que debemos meditar sobre esa
cancerígena actitud. Es nuestro deber retirar del camino esas piedras que
llevaron a muchos de nuestros predecesores a tropezar de mala manera cuando les
tocó llevar la antorcha que ahora sostienen nuestras manos.
Esto se logrará si
empezamos por hacer cosas tan sencillas y relevantes como escribir mucho, leer
aún más, valorar lo bueno que tenemos y, muy importante (más bien vital a estas
alturas), educarnos sobre cómo funciona el mundo editorial en países donde la
literatura es algo más que una simple excusa para montar ferias del libro.

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