Podríamos decir que es infinita la cantidad de veces
que hemos escuchado esta frase durante toda nuestra vida, y nos vamos a seguir
topando con ella mientras andemos por este mundo. Tiene un significado y una
verdad que son imperecederos.
Sin embargo (ciñéndonos a los libros), tampoco deja de
ser verdad que un libro con una buena presentación, con una portada de calidad,
tiende a llamar la atención cuando se encuentra en los exhibidores de las
librerías, en los estantes de las bibliotecas y hasta en los libreros de
nuestros amigos, familiares, conocidos y demás.
Los que me conocen bien saben que soy muy observador y
crítico respecto a la calidad editorial de los libros, pues en nuestro país
prima la autopublicación y hasta la autoedición, pero aun así parece ser
precaria la consciencia sobre la edición de libros.
Sabemos de sobra que la apariencia de un libro no es
lo que va a determinar si éste es bueno o no, si va a trascender o no, si será un
bestseller o no, pero hay que tener
claro que hoy por hoy no va a servir de mucho escribir el libro del año si éste
va a circular por ahí como si fuera un folleto cualquiera, con una portada y
una contraportada sin atractivo ni un concepto contextualizado, mal maquetado,
impreso en papel bond, con letras borrosas o movidas y aparentemente empastado
en la papelería de la esquina. En fin, con una ausencia total de estética, que
termina repercutiendo en el empequeñecimiento del alcance que la obra podría
tener.
Porque
ese es el trabajo de la buena apariencia del libro, de un trabajo editorial a
la vanguardia: influenciar en el alcance de la obra, hacer que esta llame la
atención de las personas.
Si
alguien escribe el libro del año, y digamos que es sabido que esa persona es de buena pluma, por mal editado que
esté el libro, es casi seguro que esa persona será leída entre los distintos círculos
literarios y culturales del país, y le van a comentar el libro, y quizás le
premien y le reconozcan su trabajo y una serie de bla bla bla… pero ¿qué pasa
con el otro lector, con el que no hace vida literaria o cultural de ningún
tipo, el señalado lector de a pie (que
encima compone el grueso de los lectores)?
Una mala edición jamás tendrá el poder de atraerlo, sólo,
tal vez, si el libro cuenta con un título significativamente llamativo. Y es
posible que ni siquiera se anime a leerlo aun cuando alguien se lo recomiende
con todo el entusiasmo del mundo. Suele resultar incómodo leer un libro mal
trabajado, y ningún escritor que publique puede negar su intención de llegar a
cuantos lectores aparezcan, sin importar quienes sean esos lectores ni sus
hábitos de lectura. La función de una edición atractiva es hacer que el lector
se acerque al libro donde sea que lo vea, aumentar las posibilidades de que el
libro sea leído encuéntrese donde se encuentre.
Una buena
portada y un buen trabajo de interior es para los lectores lo que una carnada
para un pez que se pretende pescar. Lo de engancharse viene después, si al
acercarse a la carnada el pez ha decidido morderla y se encuentra con un gancho
del que no se puede zafar. Pero ya esa sería una labor del texto.
Para
terminar, y ya que somos fanáticos de imitar costumbres extranjeras, quiero
recordar aquel milenario consejo que
nos daban nuestros padres para que replicáramos las conductas de nuestros
amiguitos que ellos consideraban correctas. Llevémonos de ese consejo y
emulemos la manera de editar de Alfaguara, de Plaza & James, de Visor, de
Debolsillo, de Seix Barral, de Planeta, de Salamandra, de Tusquets y un largo
etcétera de importantes sellos editoriales para los cuales la buena vestimenta
de sus libros es vital para llegar al público lector y hasta al no lector.

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