Creo que estaremos de acuerdo si digo que, para determinar si la lectura puede o no ser un oficio particular del escritor, debe hacerse un análisis más detenido que el superficialmente planteado en mi artículo El oficio del lector; pero también creo que estaremos de acuerdo en que, la titánica magnitud de la importancia de la lectura para un escritor, puede hacer de ella un oficio que exige la rigurosidad de cualquier otro.
Es por eso que este
artículo será dedicado al qué y al cómo leer.
Empezaré por la
sinceridad, una que cualquier escritor con una pizca de seriedad sabe: no
existen fórmulas ni métodos ni trucos ni procesos, nada establecido para la
lectura: se lee y ya.
Y sí, así es, aunque
sepamos que siempre un cómo y un qué implican alguna clase de método o
temática o sinónimos a fines, con la lectura no sucede exactamente así. En este
universo subjetivo que es la literatura, no caben las mecánicas, a pesar de
estar lleno de dinámicas (y este es sin duda uno de los oxímoron más armónicos
del arte).
El qué y el cómo del que
pretendo hablar son más bien de carácter intuitivo, y ya sé que más arriba
mencioné la rigurosidad (que suele asociarse con un proceso lógico-racional), pero
es que la intuición literaria no está exenta de ella, y ya veremos porqué sin
tener que explicarlo.
Qué leer
Existen numerosas
listas sobre los 100, los 50, los 20 o los 10 libros que todo escritor (o
cualquier clase de lector) debe leer, y suelen ser listas que aunque rara vez coinciden
en el orden, tienden a hacerlo con los libros que presentan. Sin embargo, lo
que un escritor nunca debe dejar de leer (entre otras cosas) son los libros que
le son sugeridos por él mismo, por su intuición, que estará dada por la madurez
(Y OJO: no estoy hablando de edades) de su conciencia literaria, la cual, a su
vez, estará desarrollada por sus lecturas. Es algo así como una especie de
romance en el que lo que uno da es mejor que lo que el otro dio y viceversa.
Cómo leer
Aquí no se necesita
decir mucho (¿o sí?), tendría que bastar con que diga que el escritor debe ser
un lector-pescador, que cuando se lanza al mar de las páginas no va simplemente
a ver qué tan hermosa es el agua, o que tan cautivadoras son sus olas, ni qué
bello es el sol muriendo en su horizonte y etc.; no, eso lo puede hacer
cualquier lector, un turista, y si el lector es serio vendría siendo un paisajista
que sabrá formular una opinión sobre los detalles del mar y nada más. Pero el
lector-pescador va al mar a disfrutarlo mientras extrae de él lo que éste tiene
para ofrecerle, haciendo que la constante practica de esto lo lleve a que,
además de disfrutar la naturaleza de la obra y de atrapar pequeños peces,
termine por tomar de los mares de los libros los tiburones, las ballenas, los
pulpos y en algún momento hasta los monstruos marinos que subyacen en las
profundidades de ciertas obras (como por ejemplo Ulises de James Joyce), para írselos llevando, desdoblarlos y crear
con ellos sus propios océanos.
Si hay alguna confusión
con las imágenes que he utilizado, no estoy hablando de otra más que del
conjunto de técnicas, de imágenes, de metáforas, de maneras, de giros, de
estructuras y etc. que han utilizado los escritores que hemos leído para crear
sus obras.
Una cosa que quiero
puntualizar en el cómo antes de
finalizar es que, la maestría del lector-pescador aparece cuando no se está
predispuesto a pescar y aun así se pesca continuamente. Un lector-pescador
logra sus mejores pescas cuando entra al mar sin pensar en que debe atrapar
algo y sale de él con la red cargada de lo que se podía extraer de esas aguas,
porque cabe mencionar que en los océanos de los libros todos los peces se
observan, pero no todos se sacan.
Este nivel de lectura
se alcanza, evidentemente, con el tiempo y el quehacer del oficio. Así que no
hay razón para angustiarse si aún tenemos que ir al libro pendientes a lo que
podemos tomar de él.

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