Prologar, en la literatura dominicana, parece ser un hábito ineludible, una formalidad sin la cual un libro no puede ir a la fiesta de las librerías, un requisito indispensable para que un libro tenga el derecho de llamarse libro o de ser leído.
Este arte de prologar se ha pulido y se ha mimado tanto que se han
logrado maneras muy características y un tanto originales de realizarlo. El
sentido de lo que es un prólogo en sí,
se ha ido derogando de tal manera que el eje central de estos no es la obra
prologada, sino la persona que ha elaborado (no siempre me parece adecuado
decir «escrito», aquí no todo el
mundo hace eso) un libro, hablándose siempre de ésta (sin importar quien sea ni
ninguna condición literaria) como si se presentara al mesías de la literatura
dominicana que nos ofrece su evangelio.
Y es que, si realmente contáramos
con los escritores de los que hablan los prólogos de las obras dominicanas de
los últimos años, tuviéramos mínimo 1 Nobel, 2 Cervantes y 3 Príncipes de
Asturias.
Sin embargo, conocemos la
realidad, sabemos que cuando quiera tenerse un ejemplo de adulación o adulador,
solo hay que leer alguno de los prólogos que los escritores de esta media isla
se escriben entre ellos. Posiblemente quedaremos muy satisfechos con las
ilustraciones del concepto «adulación» o «adulador» que encontraremos en esas
exageradas páginas.
Para la Real Academia Española
(2017) un prólogo es un “Texto preliminar
de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción
a su lectura” o “Aquello que sirve
como de exordio o principio para ejecutar una cosa” o también “Primera parte de una obra, en la que se
refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas
con su tema central” y además “Discurso
que, en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema
dramático”.
Véase que se trata de definiciones muy claras
y precisas con las que no debería confundirse nadie que, como mínimo, al menos,
se crea escritor. Sin embargo, al comparar estas definiciones con la práctica
de prologar en nuestro país, se encuentran unas diferencias que saltan a la
vista, a pesar de que se aprecian escuálidos intentos por matizar de un
carácter objetivo lo que se escribe en uno de esos prólogos.
Tal diferencia se desnuda por sí misma
cuando observamos en la mayoría de los prólogos recientes que el protagonismo
se lo lleva (injustamente) el ¿escritor?, y no la obra. Digo injustamente porque, a pesar de haber
sido la persona la que ha producido la obra, por definición, no debe ser ésta el
foco o el centro del prólogo, sino la obra misma, y la injusticia se lleva más
allá cuando en el prólogo pareciera que nos hablaran de Conan Doyle, Antón
Chejov, Virginia Woolf o Charles Baudelaire, y suele resultar que no se habla
ni de Condorito.
NOTA:
dejo a su imaginación el nombre con el que quiera sustituir el de Condorito, que
bien sabemos no era escritor.
A veces no puedo evitar dudar del
hábito de lectura de nuestros llamados escritores. Me parece que no se dan
cuenta de que este modo de prologar es arcaico, que casi no se utiliza, que los
libros hoy por hoy se prologan (los que lo hacen) de otra manera, muy avanzada
a la que se tienen sometidos ellos mismos. Es como si entendieran que prologar
es enarbolar fehacientemente la figura de un amigo o de alguien con un bolsillo entusiasta que ha puesto unas
cuentas palabras en una hoja.
Personalmente no creo en los prólogos
(claro, con sus excepciones, y, lastimosamente, aun no me he topado con ninguna
en el país) y por lo general ya no los leo, los evito como si fueran el coronavirus.
Pero, si he de creer en alguno (de nuestra patria), será quizás en aquel en
donde es el mismo escritor sea quien habla de lo que me brinda para leer.
Según José Miguel Oviedo (El poeta según sus prólogos, 1985, p. 209),
casi todos los libros de Borges estaban prologados por él mismo. Agrega que “estos
prólogos cumplían funciones más importantes que las habitualmente atribuidas a
esos textos”, lo que revela la actitud del argentino por desprenderse de esas
típicas formas de prologar que posiblemente le resultaban inane. De hecho, más
adelante, Oviedo (p. 212) expresa que “en realidad, el lector descubre que en
los prólogos a su obra lírica, Borges, reacio siempre a dar definiciones
estéticas y a formular credos literarios, ha ido diseñando, sutilmente y con un
tono casual, una poética y una ética del acto creador. Esa poética comienza con
la crítica del poeta que fue”.
Me gusta la última oración “esa poética
comienza con la crítica del poeta que fue”.
En ella, en conjunto con el hecho de que es Borges quien se critica a sí
mismo y todo lo demás citado, se resume parte de lo que he querido decir acerca
de cómo debería ser un prólogo cuando este exista.
Pero no nos hagamos los ingenuos, en el fondo sabemos
para qué y porque se hacen esas adulaciones a las cuales la palabra prólogo sirve de eufemismo. Somos
conscientes de los intereses a los cuales sirve esa práctica dinosaurica que se une al juego de
vicios que laceran nuestra literatura, y un país en donde a muchos “escritores”
las palabras no les dan, ni la conciencia de los “lectores” es suficiente, se
hacen irresistibles para éstos esa clase de sellos
de aceptación que son los prólogos redactados normalmente por personas de
renombre literario.
La típica forma de prologar en nuestra
media isla es un circo que debe rechazar todo escritor novel (o no) que
pretenda involucrarse en un quehacer literario distinto, universal, nuevo y con
enfoques que estén más lejos que el horizonte que nos rodea.

Excelente.
ResponderBorrarExcelente artículo, hermano. Desmenuzas en tus cuartillas la realidad que se vive en nuestra literatura. Si Jorge Luis Borges que es un maestro para toda generación de lectores, realizaba él mismo sus prólogos, y dando a conocer el contenido de su obra, ¿qué impulsa a nuestros autoproclamados noveles a buscar personas de renombre para que le realicen un prólogo a dicha obra? Como bien lo sitúas, al final, ese prólogo de la obra le termina quedando grande al contenido del libro, y es una pena y vergüenza, porque en ese mismo prólogo nos presentaron un "Shakespeare" dominicano.
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